"Esto va a ser una redada"
• Paseo por el Raval de BCN con el alcalde, la ministra y el 'conseller"
T. S.
BARCELONA
Tres administraciones amigas, dirigidas todas por ejecutivos socialistas, tomaron ayer el Raval. El Gobierno, la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona. La ministra María Antonia Trujillo, el conseller Salvador Milà y el alcalde, Joan Clos. Y un enjambre de técnicos.
Decenas de trajes y corbatas que empezaron el recorrido en la calle del Pintor Fortuny. El camino estaba marcado, pero no con migas de pan ni con piedras, sino con furgonetas policiales que velaban por la seguridad del grupo.
Clos mostró a Trujillo parte de las obras de rehabilitación del barrio, y escuchó protestas de varios vecinos. Uno, ataviado con un chándal, se añadió un rato al colectivo para prodigarse, a cierta distancia, en los comentarios: "¡Queremos el barrio para los vecinos!" A lo que una anciana apostilló: "¡Que se acabe la delincuencia!"
En la calle del Carme, el grupo se detuvo un instante, suficiente para que unos paquistanís, apostados a la puerta de una carnicería islámica, observaran perplejos tanta corbata por metro cuadrado. Uno de los técnicos devolvió la mirada y, tras unos segundos, una sonrisa cargada de mensaje: somos amigos. En la siguiente parada, un motorista con prisas logró el milagro y, a fuerza de contaminar acústicamente con su claxon, pasó entre los trajes.
En la Rambla del Raval, Clos mostró a Trujillo la avenida, supuesta joya de la reforma del barrio. A la altura del reputado restaurante Casa Leopoldo, parecía que ambos hablaban de su cocina. Todo apunta a ello, dado el comentario del alcalde: "Ah, comiste rodaballo".
El paseo siguió por las calles de Sant Rafael, Riereta y Sant Bartomeu. Clos y Milà arrancaron de las paredes anuncios de pisos en venta y se los mostraron a la ministra. Una mujer observaba la caravana con cara seria. Y sacó su conclusión: "Esto va a ser una redada".
De nuevo en la Rambla del Raval, Clos, Milà y Trujillo subieron a ver un piso rehabilitado. El primer teniente de alcalde, Xavier Casas, al quite de todo, ora pidiendo paso para una ambulancia, ora evitando el atropello de un periodista, advirtió, serio, de que todos no podían subir. La visita acabó en la avenida de Drassanes. Trajes y corbatas desaparecieron en un periquete.
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